Mientras tanto, Martín seguía con el un, dos, tres, cuatro y un, dos, tres, cuatro… María, Héctor y yo, parpadeábamos según sus órdenes.
Se le veía una cara muy atenta, persiguiendo a la sombra, yendo justo por las orillas de la calzada. La verdad es que los niños estaban muy nerviosos, a María se le veían caer algunas lágrimas, pero conseguía no llorar porque sabía que no podía llorar, porque al llorar cerraría los ojos, y no podía. Íbamos por unos caminos muy estrechos, llegué a pensar que no llegaríamos a nuestro destino, a pesar de no saber donde nos llevaría el camino.
La sombra seguía su camino, poco a poco la perdíamos de vista, porque los caminos eran demasiado estrechos para acelerar y la sombra iba demasiado rápido. En ese momento se oyó:
-Pum, pum, pum, pum…-
De repente Martín aceleró y vimos una puerta de enormes dimensiones. Era tan grande que parecía estar hecho para el paso de ocho personas subidas una encima de otra, y de ancho era como cinco personas de metro y medio tumbadas una detrás de otra. Aquella puerta era enorme. Bajé la ventanilla del coche y… ¡Llegaba un espantoso olor a azufre! En seguida la cerré. En ese momento se abrió la puerta y la sombra entró. No pudimos ver que había dentro, porque en seguida se cerró y a demás estábamos a un lado de la puerta, desde el cual no se veía nada. Mi marido dijo en ese momeno:
-Vale, ya podéis parpadear-
Todos parpadeamos a la vez y se nos llenaron los ojos de lágrimas, no por emoción ni por miedo, sino por no haber podido parpadear en todo el camino.
Mi marido arrancó el coche para dirigirse hacia casa, pero en ese momento…


