EL LABERINTO DEL FUEGO: Capitulo V

26.6.09


Mientras tanto, Martín seguía con el un, dos, tres, cuatro y un, dos, tres, cuatro… María, Héctor y yo, parpadeábamos según sus órdenes.

Se le veía una cara muy atenta, persiguiendo a la sombra, yendo justo por las orillas de la calzada. La verdad es que los niños estaban muy nerviosos, a María se le veían caer algunas lágrimas, pero conseguía no llorar porque sabía que no podía llorar, porque al llorar cerraría los ojos, y no podía. Íbamos por unos caminos muy estrechos, llegué a pensar que no llegaríamos a nuestro destino, a pesar de no saber donde nos llevaría el camino.

La sombra seguía su camino, poco a poco la perdíamos de vista, porque los caminos eran demasiado estrechos para acelerar y la sombra iba demasiado rápido. En ese momento se oyó:

-Pum, pum, pum, pum…-

De repente Martín aceleró y vimos una puerta de enormes dimensiones. Era tan grande que parecía estar hecho para el paso de ocho personas subidas una encima de otra, y de ancho era como cinco personas de metro y medio tumbadas una detrás de otra. Aquella puerta era enorme. Bajé la ventanilla del coche y… ¡Llegaba un espantoso olor a azufre! En seguida la cerré. En ese momento se abrió la puerta y la sombra entró. No pudimos ver que había dentro, porque en seguida se cerró y a demás estábamos a un lado de la puerta, desde el cual no se veía nada. Mi marido dijo en ese momeno:

-Vale, ya podéis parpadear-

Todos parpadeamos a la vez y se nos llenaron los ojos de lágrimas, no por emoción ni por miedo, sino por no haber podido parpadear en todo el camino.


Mi marido arrancó el coche para dirigirse hacia casa, pero en ese momento…

EL LABERINTO DEL FUEGO: Capitulo IV

25.6.09

Justo en ese momento volvió la luz. Abrí la puerta y en el baño estaba Sofía, la abuela de los niños, poniéndose la mascarilla en la cara. Cuando le pregunté: -¿Cómo está poniéndose la mascarilla si no había luz?- Y ella contestó: -Si había-.

No sabía exactamente lo que estaba ocurriendo. Le dije: -¡Pero mire la tormenta!-.

-¿Tormenta en pleno mes de verano? ¡Pamplinas!- Dijo ella. Yo me asomé corriendo al balcón, desde el cual todavía se veía la tormenta, mis hijos llamaron a su abuela, pero en cuanto Sofía entró por la puerta de la habitación, salió un sol radiante.

-¿Qué tormenta ni que leches?- dijo ella.

Por la ventana se podía observar un sol radiante, y a la gente paseando por las calles. Pero en ese momento ella se fue. De repente todo el mundo comenzó a entrar en sus casas. La tormenta volvió. Yo no quería que mis hijos presenciasen aquello tan extraño, sobretodo María, que con cuatro años era demasiado pequeña para ver todo aquello. Cogí a los niños y volvimos a casa.

Les dije que no se separasen de mí ni un solo momento, de hecho, ellos tampoco querían separarse de mí. Subimos corriendo a la habitación. Mi marido seguía igual y no se despertaba. Entonces Héctor y María se pusieron a llorar. Las lágrimas de María, penetraban en el interior de las heridas de Martín, y poco a poco se le estaban curando. Le pedí a María que derramase sus lágrimas en todas las heridas de su padre, ya que parecían estar curándose. María estaba resucitando a Martín. Poco a poco, él, comenzó a abrir los ojos, y con un hilo de voz dijo: -¡Salvaos!, no os preocupéis por mí, estaré bien-

Pero yo les dije a mis hijos que no se moviesen. Ahora María lloraba de alegría. Derramó sus lágrimas sobre el rostro de Martín y entonces él se levantó y dijo: -En ese caso, seguidme-

Todo era muy extraño, pero si de verdad quería que mi familia pudiera sobrevivir, tenía que hacerle caso a mi marido. Ya estábamos fuera de casa, abrí la puerta del coche y… ¡Zas! La sombra volvió a salir disparada. Mis hijos gritaron, pero Martín les dijo que se callasen y que nos quedásemos todos quietos como si fuésemos objetos.

Le hicimos caso y la sombra volvió. Mi marido cogió mi móvil, que se había encendido en casa de Sofía, y tomó unas fotos a la increíble sombra. De repente, tomó una foto con flash, y el color amarillo desapareció de la sombra. Ahora la sombra era de color verde, rojo, naranja y gris. Mi marido dijo:

-Subid al coche- Y comenzó a seguir a la sombra. De repente dijo una cosa muy extraña:

-No podemos parpadear todos a la vez porque sino la sombra desaparecerá, así que cuando yo diga uno, parpadearé yo, cuando diga dos, parpadeará mamá, cuando diga tres, parpadeará María y cuando diga cuatro, parpadeará Héctor-.

Así, comenzó a decir: -un, dos, tres, cuatro. Y un, dos tres, cuatro. Y un, dos tres, cuatro…

Así conseguimos seguir a la sombra hasta llegar a unos caminos muy extraños. Eran caminos estrechos, en los que el coche casi no cabía. Un ligero toque de volante y saldríamos despedidos…

//CONTINUARÁ//

EL LABERINTO DEL FUEGO: Capitulo III

24.6.09

La lavadora era lo que hacía ese sonido estridente, pero no giraba por cualquier cosa, sino porque dentro había una humareda del color, como no, de la sombra. Me acerqué a esa humareda con cautela, pero… ¿Cómo podía estar encendida la lavadora si no había electricidad? Todo era muy extraño, pero no me iba a cansar hasta encontrar la respuesta de aquellos difíciles sucesos. Por un momento, hasta llegué a pensar que lo mejor era dejarlo, darme un tiro y dejar de pensar. Pero después de pensarlo, decidí que no me rendiría tan fácilmente. Después de estar pensando y meditando que hacer durante unos minutos, decidí que abriría la lavadora… ¿Por qué el humo hacía ese sonido? Era como si algo hubiese dentro, algo muy pesado, ya que de lejos me pareció un ejército, pero al entrar en la cocina había dejado de pensarlo. Me situé justo enfrente de la lavadora, la abrí y el humo salió disparado hacia mí. Me mareé y caí desplomada al suelo.

Cuando desperté, vi la cerilla apagada y dentro de la lavadora, que por cierto seguía girando, a mi marido sangrando. Cuando reaccioné del susto, vi que había una luz encendida procedente del exterior. Entonces decidí salir al balcón para ver de donde procedía, pero antes, cogí a Martín en brazos y le prometí que averiguaría lo que estaba pasando. Me acerqué al armario, cogí una cerilla y encendí dos velas. Subí a mi habitación, apagué las otras dos que seguían con ese color y al apagarlas salió la sombra, que salió por la ventana que se había abierto sin explicación alguna. Entonces dejé allí una de las dos velas que llevaba en la mano, y con la otra bajé otra vez a la cocina. En las escaleras dejé la segunda vela, y con la luz que transmitía, podía ver por toda la cocina. Cogí a mi marido en brazos y me lo llevé a la habitación. Le acosté en la cama y le curé las heridas con los pocos medicamentos que había en el botiquín. No había casi medicamentos, ya que somos una familia que no se suele hacer heridas, pero aun así, teníamos un poco de algodón y un poco de agua oxigenada, lo cual utilicé para curarle. Ahora solo faltaba encontrar a los niños, y huir de aquel espantoso lugar. Corrí hasta casa de su abuela, a la que los niños odiaban, y llamé sin parar, pero el timbre no sonaba. No se escuchaban ruidos, todo parecía muy tranquilo, pero en ese momento empecé a escuchar gritos. Tenía tanto miedo y tanta angustia, que cogí un montón de piedras y al final conseguí forzar la cerradura. Entré corriendo en la casa, seguía escuchando los gritos, ¡Eran mis hijos! No había luz, así que no veía nada. Por eso me dio miedo dirigirme a la habitación donde estaban, el baño. Pero aun así fui fuerte, y en ese momento pensé: ¡La luz del reloj! El reloj iba con pilas, y si que tenía luz, lo malo es que la luz gastaba mucha pila, pero yo, encendí la luz del reloj y me dirigí corriendo al baño. Lo máximo que me pudieron contar los niños fue que su abuela les dijo: -Hasta que no os laveis las manos, no salís del baño-. Los niños se encerraron en el baño, y me contaron que de repente se fue la luz, y que cuando intentaron abrir el pestillo, no se podía porque estaba atascado. Los niños, también dijeron, que al poco tiempo de quedarse encerrados en el baño, escucharon un grito. Yo, les dije a los niños que me siguieran, y que no se separasen de mí. Registré por toda la casa, en busca de su abuela, pero no estaba por ningún lado. Solo quedaba un sitio por mirar: El baño del piso de arriba. Abrí la puerta y…

//CONTINUARÁ//

EL LABERINTO DEL FUEGO: Capitulo II

23.6.09

Salí corriendo, buscando ayuda, pero no había nadie en las calles y todos los timbres de las casas estaban fundidos por la tormenta, en ese momento se me apagó el teléfono, ya no había nada de electricidad en la ciudad. Decidí volver a mi casa y esperar a que pasara la tormenta. Encendí dos velas, subí al primer piso y me acosté en la cama.

De repente comencé a escuchar sonidos extraños, parecían los pasos de un ejército. Entonces me levanté, miré fijamente a las velas y vi que las velas se habían puesto del color de la sombra que me perseguía por todas partes. Salí corriendo angustiada. Poco a poco iba escuchando un poco más fuerte esos sonidos tan extraños, parecían los pasos de los soldados de un ejército. Entonces comencé a acercarme poco a poco al lugar de donde procedía el estridente sonido. Poco a poco pude comprobar que procedía de la cocina, pero como iba a oscuras porque tuve miedo de coger las velas, no lo pude saber con certeza. Me acerqué hacia las escaleras, para bajar a la cocina, que estaba justo al bajar las escaleras, y así poder ver de donde procedía ese sonido.

El sonido permanecía, incluso se escuchaba cada vez más fuerte, pero por mucho que yo quisiera, no me atrevía a bajar las escaleras. Entonces es cuando piensas: ¡Qué lástima no haberme inscrito a ese curso de coraje del cual tanto se hablaba en la peluquería! Pero pensé que no merecía la pena lastimarme, y decidí bajar un escalón. De repente se oyeron los sonidos como si estuviesen a mi lado, notaba el suelo frío, y el corazón me iba muy rápido. Bajé un peldaño más, pero el sonido seguía al mismo volumen. Bajé otro más, y de repente se escuchó ¡PUM! Y comenzó a salir ese humo por debajo de la puerta de la cocina. A penas podía ver nada, la humareda era lo único que podía ver por sus colores. Entonces decidí aprovechar ese hilo de luz proveniente de la sombra y bajé toda la escalera. La sombra desapareció como si nada, parecía que de repente se lo hubiese tragado la tierra. Desapareció en tan solo un parpadeo de mis ojos, lo cual hizo que no pudiese ver por donde salió ni como. Era como si al mirarlo fijamente se moviese, y al parpadear desapareciera en la nada. Todo era muy extraño, pero al menos, yo ya estaba en el último peldaño de la escalera. Di unos pasos, hasta que encontré la puesta. La abrí con cautela y entré. El suelo de la cocina estaba muy frío, y el sonido se escuchaba mucho más fuerte que antes, pero no llegaba a ser un sonido muy, muy, fuerte. Aún así, yo tenía mucho miedo, ya que todo aquello era muy extraño. Cogí una cerilla, la encendí, y ¡¡¿QUÉ ES LO QUE VI?!!

EL LABERINTO DEL FUEGO: Capitulo I

-¡A dormir!- dije cuando vi que ya eran las once de la noche. Entonces Héctor bostezó y María, contagiada por el bostezo de Héctor, también bostezó. Yo les mandé a los dos a la cama, y entonces María dijo:

-Mamá, ¿Por qué se mueven las nubes?-

-Eso se aprende en el colegio, por eso debes ir, para aprender- contesté.

- De acuerdo- dijo María.

Mientras tanto, Héctor, que era el hermano mayor, sonreía al ver la alegría de su hermana María.

Cuando ya estaban los dos acostados, salí de la habitación y les apagué las luces. Entonces me dirigí a mi habitación, donde mi marido dormía. Me acosté y miré a mi alrededor. De repente, una sombra apareció debajo de la cama. ¿Y que hice yo? Por miedo o por temor, apagué las luces e intenté dormir. Se escuchaban sonidos por toda la sala, pero yo intenté dormir. De repente oí un sonido procedente de la habitación de los niños, pero cuando fui a ver que ocurría, no vi nada, estaban Héctor y María durmiendo. Al ver que no había nada, pensé que era fruto de mi imaginación, pero cuando volví a mi habitación, mi sorpresa fue encontrar la ventana abierta y las cortinas corridas. Pensé que no sería nada, a lo mejor tan solo era un sueño. Cerré la ventana y las cortinas, me tomé un somnífero y me dormí.

A la mañana siguiente, me desperté y para mi sorpresa, las ventanas estaban abiertas y las cortinas corridas. Intenté despertar a mi marido, pero no se despertaba. Llamé a mis hijos y ellos sí despertaron, pero los dos dijeron que habían tenido pesadillas. A ellos no les dije nada de su padre, pero les dije que tenía que salir y les mandé a casa de su abuela.

Cuando me aseguré de que estuviesen con su abuela, salí corriendo a casa a ver a mi marido, Martín.

Cuando llegué, las ventanas estaban cerradas y las cortinas también, pero mi marido seguía durmiente, en la misma postura en la que estaba por la noche. Le eché varios vasos de agua fría en la cabeza, pero no contestaba. Llamé a un médico, pero dijo:

-No puedo ir por la tormenta-

Hasta ese momento, había hecho un Sol radiante, ya que era el mes de Junio. Yo colgué el teléfono, corrí las cortinas y abrí las ventanas. ¿Y cuál fue mi sorpresa?... La calle estaba vacía, y caía una tormenta espeluznante. Cerré las ventanas, pero dejé las cortinas abiertas. Llevé a mi marido en brazos conmigo hasta el coche, y fui a recoger a los niños. Pero al llamar al timbre, el timbre no funcionaba. Llamé por teléfono, pero la línea estaba cortada. Entonces vi como se abría la ventana del salón y salía la misma sombra que yo había visto esa noche. Era una sombra bastante grande, con una forma indefinida, pero de un color muy extraño casi indefinido. Era un color entre gris, verdes, rojos, naranjas y amarillos. Tenía un olor muy extraño, un olor similar al azufre, pero también con un ligero aroma a hierba fresca. La sombra salió por la ventana de la habitación, y yo, salí corriendo detrás de ella, pero en cuanto me despisté, la perdí de vista.

Salí corriendo y volví al coche, pero el coche estaba vacío, es decir, no estaba Martín.

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