Justo en ese momento volvió la luz. Abrí la puerta y en el baño estaba Sofía, la abuela de los niños, poniéndose la mascarilla en la cara. Cuando le pregunté: -¿Cómo está poniéndose la mascarilla si no había luz?- Y ella contestó: -Si había-.
No sabía exactamente lo que estaba ocurriendo. Le dije: -¡Pero mire la tormenta!-.
-¿Tormenta en pleno mes de verano? ¡Pamplinas!- Dijo ella. Yo me asomé corriendo al balcón, desde el cual todavía se veía la tormenta, mis hijos llamaron a su abuela, pero en cuanto Sofía entró por la puerta de la habitación, salió un sol radiante.
-¿Qué tormenta ni que leches?- dijo ella.
Por la ventana se podía observar un sol radiante, y a la gente paseando por las calles. Pero en ese momento ella se fue. De repente todo el mundo comenzó a entrar en sus casas. La tormenta volvió. Yo no quería que mis hijos presenciasen aquello tan extraño, sobretodo María, que con cuatro años era demasiado pequeña para ver todo aquello. Cogí a los niños y volvimos a casa.
Les dije que no se separasen de mí ni un solo momento, de hecho, ellos tampoco querían separarse de mí. Subimos corriendo a la habitación. Mi marido seguía igual y no se despertaba. Entonces Héctor y María se pusieron a llorar. Las lágrimas de María, penetraban en el interior de las heridas de Martín, y poco a poco se le estaban curando. Le pedí a María que derramase sus lágrimas en todas las heridas de su padre, ya que parecían estar curándose. María estaba resucitando a Martín. Poco a poco, él, comenzó a abrir los ojos, y con un hilo de voz dijo: -¡Salvaos!, no os preocupéis por mí, estaré bien-
Pero yo les dije a mis hijos que no se moviesen. Ahora María lloraba de alegría. Derramó sus lágrimas sobre el rostro de Martín y entonces él se levantó y dijo: -En ese caso, seguidme-
Todo era muy extraño, pero si de verdad quería que mi familia pudiera sobrevivir, tenía que hacerle caso a mi marido. Ya estábamos fuera de casa, abrí la puerta del coche y… ¡Zas! La sombra volvió a salir disparada. Mis hijos gritaron, pero Martín les dijo que se callasen y que nos quedásemos todos quietos como si fuésemos objetos.
Le hicimos caso y la sombra volvió. Mi marido cogió mi móvil, que se había encendido en casa de Sofía, y tomó unas fotos a la increíble sombra. De repente, tomó una foto con flash, y el color amarillo desapareció de la sombra. Ahora la sombra era de color verde, rojo, naranja y gris. Mi marido dijo:
-Subid al coche- Y comenzó a seguir a la sombra. De repente dijo una cosa muy extraña:
-No podemos parpadear todos a la vez porque sino la sombra desaparecerá, así que cuando yo diga uno, parpadearé yo, cuando diga dos, parpadeará mamá, cuando diga tres, parpadeará María y cuando diga cuatro, parpadeará Héctor-.
Así, comenzó a decir: -un, dos, tres, cuatro. Y un, dos tres, cuatro. Y un, dos tres, cuatro…
Así conseguimos seguir a la sombra hasta llegar a unos caminos muy extraños. Eran caminos estrechos, en los que el coche casi no cabía. Un ligero toque de volante y saldríamos despedidos…
//CONTINUARÁ//


